Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Por su tono y expresión tuvo la seguridad de que su padre no habÃa sido el descubridor del tesoro.
—¡No, papá! —jadeó—. ¡Ellen! ¡Ellen!, ven arriba, no me encuentro bien.
Obedecà a su llamada y la acompañe.
—Oh, Ellen, tú las tienes —empezó inmediatamente, cayendo de rodillas, cuando estuvimos las dos solas—. ¡Oh, dámelas y no lo volveré a hacer nunca, nunca más! No se lo digas a papá. No se lo has dicho, ¿verdad, Ellen? Di que no. ¡He sido muy mala, pero no lo haré más!
Con gran severidad le dije que se levantara.
—Asà que, señorita Catherine —exclamé—, parece que ha ido usted bastante lejos. ¡Ya puede avergonzarse! Un bonito manojo de hojarasca es lo que estudia en sus horas de ocio, a buen seguro. ¡Vaya, tan bueno como para que lo impriman! ¿Qué supone que pensará el amo cuando se las ponga delante? No se las he enseñado todavÃa, pero no tiene por qué imaginarse que voy a guardar sus ridÃculos secretos. ¡Qué vergüenza! Y usted ha debido de ser la que ha empezado a escribir semejantes tonterÃas, a él no se le hubiera ocurrido empezar, estoy segura.
—No, no —sollozó Catherine, a punto de rompérsele el corazón—. Nunca pensé en amarle hasta…