Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Como de costumbre, mi señorita bajó temprano y entró en la cocina. La observé ir a la puerta a la llegada de cierto chico y, mientras la lechera llenaba el cántaro, ella le metía algo en el bolsillo de la chaqueta y sacaba algo. Di la vuelta por el jardín y me quedé a la espera del mensajero, que luchó valerosamente para defender su encargo y derramamos la leche entre los dos, pero conseguí sustraerle la epístola y, amenazándole con serias consecuencias si no se iba derecho a casa, permanecí junto al muro y leí la cariñosa composición de la señorita Cathy. Era más sencilla y más elocuente que las de su primo, muy bonita y muy tonta. Moví la cabeza y entré pensativa en casa. Como el día era lluvioso ella no pudo distraerse paseando por el parque, así que al terminar sus estudios de la mañana recurrió al solaz de su cajón. Su padre estaba sentado a la mesa leyendo y yo, que me había buscado deliberadamente algo de tarea con unos flecos desprendidos de la cortina de la ventana, no perdía de vista lo que hacía ella. Nunca pájaro alguno, volviendo al saqueado nido que había dejado rebosante de gorjeadores pequeñuelos, expresó desesperación más completa en sus angustiados gritos y revoloteos que ella con su único «¡Oh!» y con el cambio que transfiguró su rostro hasta entonces feliz. El señor Linton levantó la vista.
—¿Qué pasa, cariño? ¿Te has hecho daño? —preguntó.