Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas ¡Qué cansado estaba! ¡Cómo me retorcía, bostezaba, daba cabezadas, y me espabilaba! ¡Cómo me pellizcaba y pinchaba, me frotaba los ojos, me levantaba y me volvía a sentar, y daba con el codo a Joseph para que me dijera si aquello se iba a terminar alguna vez! Estaba condenado a oírlo todo hasta el final. Por fin llegó a «El primero de los setenta y uno». En aquel momento crítico me vino una súbita inspiración. Me sentí impulsado a levantarme y acusar a Jabes Branderham de ser el pecador del pecado que ningún cristiano está obligado a perdonar.
«Señor —exclamé—, sentado aquí entre estas cuatro paredes, de un tirón he soportado y perdonado los cuatrocientos noventa capítulos de su discurso. Setenta veces siete he cogido mi sombrero y estado a punto de marcharme… y setenta veces siete me ha obligado usted absurdamente a volver a sentarme. El cuatrocientos noventa y uno es demasiado. ¡Compañeros mártires, a él! ¡Arrastradle, trituradle, que el lugar que le conoce no le reconozca jamás[20]!»
«¡Tú eres el hombre!», gritó Jabes, tras una pausa solemne, reclinándose sobre su almohadón. «Setenta veces siete has crispado la cara abriendo la boca y setenta veces siete consulté con mi conciencia. ¡Ah, la debilidad humana! ¡También ésta puede ser absuelta! El primero de los setenta y uno ha llegado. ¡Hermanos, ejecutad en él el juicio escrito! ¡Que todos los santos del Señor tengan ese honor!»