Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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Con esas palabras finales, toda la asamblea, enarbolando sus bastones de peregrino, se abalanzó sobre mí como un solo hombre, y yo, no teniendo arma alguna que levantar en mi defensa, empecé a forcejear con Joseph, el más próximo y feroz de los atacantes, para arrebatarle la suya. Al confluir la multitud, varios garrotes se cruzaron y golpes que iban dirigidos a mí, caían sobre otras cabezas. Pronto la iglesia resonaba con golpes y contragolpes; la mano de cada uno se levantaba contra la de su vecino, y Branderham, no queriendo permanecer ocioso, desahogaba su celo con una lluvia de sonoros puñetazos contra las tablas del púlpito, que respondían con tanta fuerza que al fin, para mi indecible alivio, me despertaron. ¿Y qué era lo que había causado el tremendo alboroto? ¿Qué era lo que había hecho el papel de Jabes en el jaleo? ¡Simplemente la rama de un abeto que tocaba mi ventana y, cuando la ráfaga de viento pasaba ululando, golpeaba sus secas piñas contra los cristales! Escuché dubitativo un instante, descubrí la causa del ruido, luego me di la vuelta, me adormilé y volví a tener sueños, más desagradables, si cabe, que los anteriores.





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