Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Mientras hablaba, Joseph volvió con un tazón de gachas de avena con leche y lo puso delante de Linton, quien dio vueltas a aquel rancho casero con cara de asco y dijo que no podÃa comerlo. Vi que el viejo criado compartÃa en gran medida el desprecio de su amo por el niño, aunque estaba obligado a guardar el sentimiento en su corazón, porque Heathcliff habÃa dejado claro que sus subordinados le trataran con respeto.
—¿Que no lo puede comer? —repitió mirando escrutadoramente la cara de Linton y bajando la voz a un murmullo por miedo a que le oyeran—. Pues el señorito Hareton nunca comió otra cosa cuando era pequeño, y lo que fue bueno para él es bueno para usted, me parece a mÃ.
—¡No lo comeré! —contestó Linton con brusquedad—. Llévatelo.
Joseph cogió el alimento con indignación y nos lo trajo.
—¿Qué hay de malo en este plato? —preguntó, metiendo la bandeja bajo las narices de Heathcliff.
—¿Qué tiene que haber? —dijo.
—¡Vaya! —respondió Joseph—, que ese melindroso dice que no puede comerlo. Pero supongo que tiene razón. Su madre era igual… éramos demasiado sucios para sembrar el trigo con que hacer su pan.