Cumbres Borrascosas

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Me puse el sombrero y salimos sin pensar más en el asunto. Ella saltaba delante de mí y volvía a mi lado y se alejaba otra vez como un pequeño galgo. Al principio me entretuvo mucho escuchar el canto de las alondras aquí y allá, disfrutar del sol agradable y cálido, contemplarla a ella, mi niña mimada, mi delicia, con sus rizos dorados flotando sueltos por detrás, y sus relucientes mejillas floreciendo tan suaves y puras como una rosa silvestre, y sus ojos radiantes de placer sin sombras. Era una criatura feliz, y un ángel, por aquellos días. Es una lástima que no estuviera satisfecha.

—Bueno —dije—, ¿dónde están sus perdices, señorita Cathy? Ya deberíamos verlas, la cerca del parque de la Granja la hemos dejado ya muy atrás.

—¡Oh, un poco más lejos… sólo un poco más lejos, Ellen! —era continuamente su respuesta—. Sube aquella loma, pasa aquella ladera, y cuando llegues al otro lado habré hecho que los pájaros levanten el vuelo.





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