Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas El tiempo transcurrió en la Granja tan plácidamente como antes hasta que la señorita Cathy cumplió dieciséis años. En el aniversario de su nacimiento nunca mostrábamos regocijo alguno porque era también el de la muerte de mi última señora. Su padre invariablemente pasaba el dÃa en la biblioteca y al atardecer se iba andando hasta el cementerio de Gimmerton, donde con frecuencia se quedaba hasta pasada la medianoche. Por tanto, Catherine se veÃa reducida a sus propios recursos para divertirse. El veinte de marzo era un hermoso dÃa de primavera, y cuando su padre se hubo retirado, mi señorita bajó vestida para salir y dijo que habÃa pedido permiso para dar un paseo por el borde de los páramos conmigo, que el señor Linton se lo habÃa dado a condición de que no nos alejáramos mucho y volviéramos antes de una hora.
—¡Asà que date prisa, Ellen! —exclamó—. Sé adónde quiero ir. A un sitio donde hay una bandada de perdices. Quiero ver si ya han hecho sus nidos.
—Eso debe de estar muy lejos —respond×, no se crÃan en el borde del páramo.
—No, no está lejos —dijo ella—. He ido muy cerca con papá.