Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Bueno, pues te diré algo —dijo Linton—: tu madre odiaba a tu padre ¿Qué dices ahora?
—¡Oh! —exclamó Catherine demasiado furiosa para continuar.
—¡Y amaba al mÃo! —añadió él.
—¡Mentiroso! Ahora te odio —jadeó y la cara se le puso roja de ira.
—¡Le amaba! ¡Le amaba! —insistió Linton, hundiéndose en el fondo de su sillón y echando atrás la cabeza para disfrutar de la agitación de su contrincante que estaba de pie detrás de él.
—¡Silencio, señorito Heathcliff! —dije—. Supongo que ésa es también otra historia de su padre.
—No lo es. ¡Cállate la boca! —respondió—. ¡Le amaba, le amaba, Catherine, le amaba, le amaba!
Cathy, fuera de sÃ, empujó violentamente el sillón y le hizo caer sobre un brazo. Inmediatamente le dominó una tos sofocante que puso fin a su triunfo. Le duró tanto que hasta yo me asuste. En cuanto a su prima, lloró con toda su alma, horrorizada por el daño que habÃa hecho, aunque no dijo nada. Le sujeté hasta que se le pasó el ataque. Entonces me apartó y apoyó su cabeza en silencio. Catherine acalló también sus lamentos, tomó asiento frente a él y miró solemnemente al fuego.
—¿Cómo se encuentra ahora, señorito Heathcliff? —pregunté pasados diez minutos.