Cumbres Borrascosas

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—Puesto que tiene la costumbre de pasar malas noches —dije yo—, no será la señorita la que perturbe su tranquilidad. Usted estaría igual si ella no hubiera venido. Sin embargo, no le volverá a molestar y quizá se quede más tranquilo cuando nos vayamos.

—¿Debo irme? —preguntó Catherine apenadamente, inclinándose hacia él—. ¿Quieres que me vaya, Linton?

—No puedes cambiar lo que has hecho —respondió con mezquindad, apartándose de ella—, a menos que lo cambies para peor, molestándome hasta que me dé fiebre.

—Bueno, entonces, ¿debo irme? —repitió ella.

—Déjame en paz al menos —dijo—. No puedo soportar tu charla.

Ella se demoró y se resistió a mis intentos de persuasión para que nos marcháramos durante un rato largo y pesado, pero como él ni levantaba la vista, ni hablaba, por fin se dirigió a la puerta y yo la seguí.

Un chillido nos hizo volver. Linton se había deslizado desde su asiento hasta el suelo delante del hogar y estaba retorciéndose por pura perversidad de peste de niño consentido dispuesto a ser todo lo molesto y agobiante que pudiera. Por su conducta pude juzgar plenamente su carácter y vi en el acto que sería una locura intentar darle gusto. No así mi compañera, que volvió corriendo aterrada, se arrodilló, lloró, le consoló y suplicó hasta que se tranquilizó por falta de aliento, en modo alguno por pesar de haberla atormentado.


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