Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¡SÃ, sà podemos! —respondió Cathy—. Ahora es bueno y paciente. Está empezando a pensar que pasaré una noche mucho más triste que él si creo que se encuentra peor por culpa de mi visita y entonces no me atreveré a venir más. Di la verdad, Linton, porque no debo venir si te he hecho daño.
—Tienes que venir para curarme —respondió—. DeberÃas venir porque me has hecho daño. ¡Sabes que muchÃsimo daño! Cuando viniste no estaba lo enfermo que estoy ahora, ¿no es asÃ?
—Pero ha sido usted mismo el que se ha puesto enfermo llorando y rabiando —intervine yo.
—Yo no lo hice en absoluto —dijo su prima—. No obstante, ahora seremos amigos. Y me necesitas. ¿Te gustarÃa verme alguna vez, de verdad?
—Ya te dije que sà —replicó impaciente—. Siéntate en el escaño y deja que me apoye en tus rodillas. Eso es lo que mamá solÃa hacer tardes enteras. Siéntate quieta y no hables, pero puedes cantar una canción, si sabes cantar, o recitar una de esas baladas largas, bonitas e interesantes… una de ésas que prometiste enseñarme, o un cuento. Aunque prefiero una balada. Empieza.
Catherine le recitó la más larga que recordaba. El entretenimiento les gustó muchÃsimo a los dos. Linton quiso otra, y después otra, a pesar de mis enérgicas negativas, y asà continuaron hasta que el reloj dio las doce y oÃmos en el patio a Hareton que volvÃa a comer.