Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas La luna brillaba radiante. Salpicaduras de nieve cubrían la tierra y pensé que tal vez se le hubiera metido en la cabeza dar un paseo por el jardín para tomar el aire. Vi una figura que avanzaba sigilosamente por la cerca interior del parque, pero no era mi señorita, cuando salió a la luz reconocí a uno de los mozos de cuadra. Se quedó largo rato mirando al camino desde la finca. Luego salió a paso ligero, como si hubiera detectado algo y reapareció al poco conduciendo el poni de la señorita. Y allí estaba ella, que acababa de desmontar y caminaba a su lado. El hombre llevó al animal hacia el establo cruzando cautelosamente por la hierba. Cathy entró por la ventana del salón y se deslizó sin hacer ruido escaleras arriba donde yo la esperaba. Cerró la puerta con cuidado, se quitó los zapatos llenos de nieve, se desató el sombrero y estaba procediendo a quitarse la capa, ignorante de que la espiaba, cuando de pronto me levanté y me dejé ver. La sorpresa la dejó petrificada un instante. Profirió una exclamación inarticulada y se quedó paralizada.
—Mi querida señorita Catherine —empecé, demasiado impresionada por sus recientes bondades para echarle una regañina—. ¿Adónde ha ido a caballo a estas horas? ¿Y por qué ha intentado engañarme contándome un cuento? ¿Dónde ha estado? Hable.
—Hasta el extremo del parque —tartamudeó—. No conté ningún cuento.