Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¿Y a ningún otro sitio? —pregunté.
—No —fue la respuesta que balbuceó.
—¡Oh, Catherine! —exclamé apenada—. Sabe que ha obrado mal, de lo contrario se verÃa llevada a decirme una mentira. Eso me duele. PreferirÃa estar tres meses enferma que oÃrle inventarse una mentira deliberada.
Saltó hacia mà y echándose a llorar me rodeó el cuello con sus brazos.
—Bueno, Ellen, tengo tanto miedo a que te enfades —dijo—. Prométeme no enfadarte y sabrás la pura verdad. Detesto ocultarla.
Nos sentamos en el asiento de la ventana. Le aseguré que no la reñirÃa, cualquiera que fuera su secreto que, por supuesto, yo adivinaba. Asà que empezó: