Cumbres Borrascosas

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Entonces empezó fuera un débil raspado, y el montón de libros se movió como si lo empujaran hacia adelante. Intenté ponerme en pie de un salto, pero no pude mover un sólo miembro, y en un frenesí de terror, lancé un alarido. Para confusión mía, descubrí que el alarido no era imaginario. Pasos apresurados se acercaban a la puerta de mi alcoba. Alguien la abrió con mano vigorosa y una luz brilló por las cuadradas aberturas de la parte superior de la cama. Me incorporé temblando aún y secándome el sudor de la frente. El intruso pareció dudar y refunfuñó algo entre dientes. Al fin dijo medio susurrando, claramente sin esperar respuesta:

—¿Hay alguien aquí?

Consideré mejor descubrir mi presencia, porque reconocí la voz de Heathcliff y temí que, si me callaba, seguiría buscando. Con esta intención me volví y abrí los tableros. Tardaré mucho en olvidar el efecto que mi acción produjo.

Heathcliff se quedó cerca de la entrada, en camisa y pantalones, con una vela que le goteaba por los dedos, y la cara tan blanca como la pared que tenía detrás. El primer crujido de la madera le sobresaltó como una descarga eléctrica. La luz le saltó de la mano a una distancia de varios pies, y su agitación era tan extrema que apenas pudo cogerla.


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