Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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Mientras hablaba, distinguí borrosamente el rostro de una niña mirando por la ventana. El terror me volvió cruel y, viendo que era inútil intentar desembarazarme de la criatura, acerqué su muñeca al cristal roto y la froté de un lado para otro hasta que brotó la sangre y empapó las sábanas. Pero seguía gimiendo:

—¡Déjame entrar! —y me seguía agarrando tenazmente haciéndome casi enloquecer de terror.

—¿Cómo quieres que lo haga? —le dije al fin—. ¡Suéltame si quieres que te deje entrar!

Los dedos se aflojaron, retiré los míos por el agujero, amontoné apresuradamente los libros en una pirámide contra él, y me tapé los oídos para no oír la quejumbrosa súplica. Creo que los tuve tapados más de un cuarto de hora, pero en cuanto volví a escuchar, allí seguía gimiendo el lúgubre lloriqueo.

—¡Vete! —grité—, jamás te dejaré entrar, ni aunque me lo pidas durante veinte años.

—Hace veinte años —gimió la voz—. Veinte años. ¡Llevo abandonada veinte años!


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