Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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El amo se había retirado a descansar antes de que llegáramos. Cathy entró sigilosamente en su habitación para preguntar cómo estaba. Se había dormido. Volvió y me pidió que me sentara con ella en la biblioteca. Tomamos el té juntas, luego se tumbó en la alfombra y me dijo que no hablara porque estaba rendida. Cogí un libro y fingí leer. En cuanto me creyó absorta en mi ocupación, volvió a comenzar su silencioso llanto que, al parecer, era entonces su entretenimiento favorito. La dejé que disfrutara de él un rato. Luego reprobé, denigrándolas y ridiculizándolas, todas las afirmaciones de Heathcliff sobre su hijo, como si estuviera segura de que ella coincidiría conmigo. ¡Pero, ay! No tuve la habilidad de contrarrestar el efecto que su relato había producido. Era lo que él se proponía.

—Puede que tengas razón, Ellen —respondió—, pero no estaré tranquila hasta que lo sepa. Tengo que decirle a Linton que no es culpa mía que no le escriba y convencerle de que no cambiaré.

¿De qué servían el enfado y las protestas contra su necia credulidad? Nos separamos aquella noche… enfadadas, pero al día siguiente me vi camino de Cumbres Borrascosas al lado del poni de mi testaruda ama. No pude soportar el espectáculo de su aflicción, ver el semblante pálido y desalentado y los ojos hinchados, y cedí con la vaga esperanza de que el mismo Linton demostrara, con su acogida, lo poco fundado de la historia.


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