Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Cathy, fuera de sí, empujó violentamente el sillón y le hizo caer sobre un brazo. Inmediatamente le dominó una tos sofocante que puso fin a su triunfo. Le duró tanto que hasta yo me asuste. En cuanto a su prima, lloró con toda su alma, horrorizada por el daño que había hecho, aunque no dijo nada. Le sujeté hasta que se le pasó el ataque. Entonces me apartó y apoyó su cabeza en silencio. Catherine acalló también sus lamentos, tomó asiento frente a él y miró solemnemente al fuego.
—¿Cómo se encuentra ahora, señorito Heathcliff? —pregunté pasados diez minutos.
—Ojalá se encontrara ella como yo —respondió—. ¡Criatura rencorosa y cruel! Hareton nunca me toca. No me ha pegado nunca en su vida. Hoy estaba mejor, y mira… —la voz se le ahogó en un gemido.
—¡Yo no te he pegado! —masculló Catherine, mordiéndose los labios para evitar otro estallido de emoción.
Él suspiró y gimió como si sufriera un gran dolor y continuó así durante un cuarto de hora, a propósito, para inquietar a su prima, al parecer, porque cada vez que la sorprendía reprimiendo un sollozo, reanudaba el dolor y el patetismo en las inflexiones de su voz.