Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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Mi amita se portó como un ángel viniendo a cuidarme y a alegrar mi soledad. La reclusión me abatió muchísimo. Es aburrido para una persona activa, pero pocos tienen menos motivos de queja que yo. En cuanto Catherine dejaba la habitación de su padre, ya estaba junto a mi cama. Dividía su tiempo entre nosotros. Ninguna diversión le usurpaba un minuto. Descuidaba sus comidas, sus estudios y sus juegos y era la enfermera más cariñosa que ha existido. Debía de tener muy buen corazón, cuando amando tanto a su padre, me dedicaba a mí todos aquellos cuidados. He dicho que dividía su tiempo entre nosotros, pero el amo se retiraba temprano y yo generalmente no necesitaba nada después de las seis, así que la tarde era suya. ¡Pobre criatura! Nunca pensé en qué hacía después del té. Y aunque con frecuencia, cuando entraba a darme las buenas noches, le notaba un color fresco en las mejillas y sonrosados los finos dedos, en lugar de figurarme que esa tonalidad se la prestaba una carrera a caballo con el frío por los páramos, se la achacaba al ardiente fuego de la biblioteca.






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