Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¡Es tarde! —dijo, en pocas palabras y con dificultad—. ¿No está tu padre muy enfermo? Pensé que no vendrÃas.
—¿Por qué no eres sincero? —exclamó Catherine, tragándose su saludo—. ¿Por qué no me dices de una vez que no me necesitas? ¡Es raro, Linton, que por segunda vez me hayas hecho venir con el fin, al parecer, de apenarnos los dos y además sin razón alguna!
Linton temblaba y la miraba medio suplicante, medio avergonzado, pero su prima no tenÃa la paciencia suficiente para soportar aquella enigmática conducta.
—Mi padre está muy enfermo —dijo ella—. ¿Y por qué me arrancas de su lecho? ¿Por qué no me enviaste un aviso para liberarme de esa promesa si deseabas que no la mantuviera? ¡Vamos! Quiero una explicación. Los juegos y las tonterÃas están por completo borrados de mi mente y ahora no puedo desvivirme en complacer tus amaneramientos.
—¡Mis amaneramientos! —murmuró—. ¿Cuáles son? ¡Por Dios, Catherine, no te enfades asÃ! Despréciame cuanto te plazca. Soy un desgraciado inútil y cobarde. Todo desprecio serÃa insuficiente, pero soy demasiado miserable para tu ira. Odia a mi padre y a mà resérvame para tu desprecio.