Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¡TonterÃas! —exclamó Catherine montando en cólera—. ¡Chico tonto y estúpido! ¡MÃralo, tiembla como si le fuera a tocar! No hace falta que recomiendes desprecio, Linton, cualquiera lo pondrá espontáneamente a tu servicio. ¡Vete! Volveré a casa. Es un disparate arrancarte de la chimenea y pretender… ¿qué pretendemos? ¡Suelta mi vestido! Si yo te compadeciera por tus lloros y por tu aspecto tan aterrado, tú deberÃas rechazar semejante compasión. Ellen, dile lo vergonzosa que es esta conducta. Levántate, y no te degrades hasta convertirte en un abyecto reptil… ¡no lo hagas!
Con el rostro chorreando y expresión de agonÃa, Linton habÃa tirado su cuerpo inerte por el suelo. ParecÃa convulsionado por un terror extremo.
—¡Oh! —sollozó—. ¡No puedo soportarlo! Catherine, Catherine, yo soy también un traidor y no me atrevo a decÃrtelo. ¡Pero si me dejas, me matarán! Querida Catherine, mi vida está en tus manos. Tú has dicho que me amabas, y si lo hicieras, eso no te harÃa daño. Entonces, ¿no te irás…? ¡Amable, dulce y buena Catherine! Y quizá consientas… ¡y él me dejará morir contigo!
Mi señorita, al ver su intensa angustia, se agachó para levantarle. El viejo sentimiento de indulgente ternura dominó su indignación y se conmovió y alarmó profundamente.