Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Al cabo de tres semanas pude dejar mi alcoba y andar por la casa. La primera ocasión que me quedé levantada por la tarde, pedí a Catherine que me leyera porque tenía débil la vista. Estábamos en la biblioteca, pues el amo se había acostado. Ella consintió más bien de mala gana según me imaginé y, pensando que mis libros no eran de su agrado, le dije que escogiera entre los que leía ella. Eligió uno de sus favoritos y leyó sin parar en torno a una hora. Luego menudearon las preguntas:
—¿Ellen, no estás cansada? ¿No sería mejor que te acostaras ya? Te sentirás mal quedándote tanto rato levantada, Ellen.
—No, no, cariño, no estoy cansada —respondía invariablemente.
Viéndome inamovible, ensayó otro método para mostrar desagrado hacia su tarea. Lo cambió por bostezar y desperezarse, y diciendo:
—Ellen, estoy cansada.
—Déjalo y hablemos —respondí.
