Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Mi casa no está apestada, Nelly, y hoy tengo ganas de ser hospitalario. Siéntate y permÃteme que cierre la puerta.
Cerró y echó la llave. Me estremecÃ.
—Tomarás el té antes de irte a casa —añadió—. Estoy solo, Hareton ha ido con ganado al refugio y Zillah y Joseph a un viaje de recreo. Y, aunque estoy acostumbrado a estar solo, prefiero disfrutar de una compañÃa interesante, si puedo conseguirla. Señorita Linton, siéntate junto a él. Te doy lo que tengo. El regalo apenas vale la pena aceptarlo, pero no tengo ninguna otra cosa que ofrecer. Me refiero a Linton. ¡Cómo mira ella! Es raro qué sentimiento feroz noto hacia todo lo que parece tenerme miedo. De haber nacido en un paÃs con leyes menos rigurosas y gustos menos refinados, me regalarÃa con una lenta vivisección de esos dos, como diversión vespertina.
Respiró hondo, dio un puñetazo en la mesa y juró para sÃ:
—¡Por Satanás! Les odio.
—¡Yo no le tengo miedo! —exclamó Catherine, que no habÃa podido oÃr la última parte de su discurso. Se le acercó. Los ojos negros destellaban ira y resolución:
—Deme esa llave. La tendré —dijo—. No comerÃa ni beberÃa aquà aunque me estuviera muriendo de hambre.