Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Trágate tu bilis —dijo—, y sirve a tu malvada favorita y al mÃo. No está envenenado aunque lo haya preparado yo. Voy a buscar vuestros caballos.
Nuestro primer pensamiento, cuando salió, fue forzar una salida por alguna parte. Probamos con la puerta de la cocina, pero estaba cerrada por fuera. Miramos las ventanas… eran demasiado estrechas, aun para la delgada Figura de Cathy.
—Señorito Linton —exclamé, viendo que estábamos prisioneras en toda regla—. Usted sabe lo que su diabólico padre se propone, y o nos lo dice o le doy de bofetadas como ha hecho él con su prima.
—SÃ, Linton, tienes que decirlo —dijo Catherine—. Yo he venido por ti, y serÃa una ingratitud horrible que te negaras.
—Dame algo de té, tengo sed, y luego te lo diré —respondió él—. Señora Dean, váyase. No me gusta tenerla de pie por encima de mÃ. Vaya, Catherine, estás dejando caer las lágrimas en mi taza. No beberé eso, dame otra.
Catherine le acercó otra taza y se secó la cara. Me repugnó la calma del tunante una vez que ya no temÃa por su persona. La angustia que habÃa mostrado en el páramo se apaciguó tan pronto como entró en Cumbres Borrascosas, asà que supuse que le habÃa amenazado con una espantosa muestra de ira si fracasaba en atraernos allà y, conseguido eso, no tenÃa más temores inmediatos.