Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¡Entra, entra! —sollozaba—. Cathy, entra. ¡Oh, hazlo… una vez más! ¡Oh, corazón mÃo! ¡Escúchame esta vez, al fin, Catherine!
El espectro exhibió el capricho normal de los espectros: no dio señales de existir. Pero entraron la nieve y el viento, en frenético remolino, llegando incluso hasta donde yo estaba y apagando la luz.
HabÃa tal angustia en el arrebato de dolor que acompañaba a este delirio, que mi compasión me hizo disculpar su locura y me retiré, medio enfadado por haber escuchado y molesto por haberle contado mi ridÃcula pesadilla, ya que le habÃa producido semejante tormento, aunque el porqué escapaba a mi comprensión. Bajé cautelosamente a las estancias inferiores y fui a parar a la cocina, donde un rescoldo de brasas, bien atizado, me permitió volver a encender la vela. Nada se movÃa, salvo una gata gris con manchas que salió sigilosamente de las cenizas, y me saludó con un quejumbroso maullido.