Cumbres Borrascosas

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—En invierno siempre a las nueve, y siempre nos levantamos a las cuatro —dijo mi anfitrión, reprimiendo un gemido y, como me pareció, por el movimiento de la sombra de su brazo, enjugándose rápidamente una lágrima—. Señor Lockwood —añadió—, puede irse a mi cuarto. No hará más que estorbar si baja tan temprano, y su grito infantil ha mandado mi sueño al diablo.

—Y el mío también —repliqué—. Pasearé por el patio hasta el amanecer y luego me iré. Y no tema que vuelva a repetir mi intromisión. Ahora ya estoy curado por completo de buscar esparcimiento en la compañía, ya sea en el campo o en la ciudad. Un hombre sensato debería encontrar suficiente compañía en sí mismo.

—¡Deliciosa compañía! —murmuró Heathcliff—. Coja la vela y váyase a donde quiera. Enseguida estaré con usted. Pero no vaya al patio, los perros están sueltos, y por lo que respecta a la sala… Juno está allí de centinela… y… nada, que sólo puede usted andar por las escaleras y los pasillos. Pero ¡váyase ya! Yo iré dentro de dos minutos.

Le obedecí en cuanto a salir de la alcoba, y cuando, al ignorar adónde conducían aquellos estrechos corredores, me quedé quieto, fui testigo involuntario de una muestra de superstición por parte de mi casero, que contradecía de manera extraña su aparente sensatez. Se subió a la cama, abrió de un tirón la ventana, estallando, al tiempo que tiraba, en un incontrolable arrebato de llanto.


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