Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Cathy corrió hacia mà en lugar de hacia Linton, se arrodilló y puso la ardiente mejilla en mi regazo, llorando a gritos. Su primo se habÃa retirado a un rincón del escaño, tan quieto como un ratón, felicitándose, dirÃa yo, de que el castigo hubiera caÃdo sobre otro y no sobre él. El señor Heathcliff, viendo que estábamos todos desconcertados, se levantó y rápidamente hizo el té él mismo. Las tazas y los platillos estaban ya puestos. Lo sirvió y me dio una taza:
—Trágate tu bilis —dijo—, y sirve a tu malvada favorita y al mÃo. No está envenenado aunque lo haya preparado yo. Voy a buscar vuestros caballos.
Nuestro primer pensamiento, cuando salió, fue forzar una salida por alguna parte. Probamos con la puerta de la cocina, pero estaba cerrada por fuera. Miramos las ventanas… eran demasiado estrechas, aun para la delgada Figura de Cathy.
—Señorito Linton —exclamé, viendo que estábamos prisioneras en toda regla—. Usted sabe lo que su diabólico padre se propone, y o nos lo dice o le doy de bofetadas como ha hecho él con su prima.
—SÃ, Linton, tienes que decirlo —dijo Catherine—. Yo he venido por ti, y serÃa una ingratitud horrible que te negaras.