Cumbres Borrascosas

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Al ver la oportunidad que habíamos perdido, dimos rienda suelta a nuestro dolor, y él nos dejó seguir lamentándonos hasta las nueve. Entonces nos dijo que subiéramos, por la cocina, al cuarto de Zillah, y susurré a mi compañera que obedeciera. Quizá allí pudiéramos ingeniárnoslas para salir por una ventana, o pasar a un desván y escabullirnos por su tragaluz. La ventana, sin embargo, era estrecha, igual que las de abajo y la trampilla del desván estaba asegurada contra nuestros intentos, pues estábamos tan encerradas como antes. Ninguna de las dos se acostó. Catherine se sentó junto a la ventana, esperando con ansiedad la mañana. Un profundo suspiro era la única respuesta que lograba obtener a mis frecuentes súplicas para que intentara descansar. Yo me senté en una silla y me mecía, juzgando severamente mis muchas negligencias, de las cuales, me pareció entonces, provenían todas las desgracias de mis amos. No era así en realidad, estoy segura. Pero lo era en mi imaginación aquella triste noche, y pensé que el mismo Heathcliff era menos culpable que yo.

A las siete vino y preguntó si la señorita Linton se había levantado. Ella corrió a la puerta inmediatamente y contestó: «Sí».

—Entonces, ven aquí —dijo él, abriendo la puerta y sacándola fuera.

Me levanté para seguirla, pero echó la llave de nuevo. Exigí mi liberación.


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