Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Ten paciencia —respondió—, te mandaré subir el desayuno dentro de un rato.
Golpeé los entrepaños de la puerta y sacudà el picaporte airadamente. Catherine preguntó por qué me tenÃa todavÃa encerrada. Contestó que tenÃa que aguantar una hora más y se marcharon. Tuve que aguantar dos o tres horas. Al fin oà pasos. No eran los de Heathcliff.
—He traÃdo algo de comer —dijo una voz—. ¡Abra la puerta!
Obedecà impaciente y vi a Hareton cargado con comida suficiente para que me durara todo el dÃa.
—Tenga —añadió, poniendo la bandeja en mis manos.
—Espera un minuto —comencé.
—No —gritó y se marchó sin hacer caso de ninguna de las súplicas que pude lanzar a raudales para que se detuviera.
Y allà me quedé encerrada todo el dÃa y toda la noche siguiente, y otra y otra. Cinco noches y cuatro dÃas me quedé, en total, sin ver a nadie más que a Hareton, una vez cada mañana. Y era un carcelero modelo: huraño, mudo y sordo a todo intento de conmover su sentido de la justicia o de la compasión.