Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas A la quinta mañana o, más bien, a la quinta tarde, unos pasos distintos se acercaron… más ligeros y más cortos. Y esta vez la persona entró en la habitación. Era Zillah con su chal rojo, un sombrero de seda negra en la cabeza y una cesta de mimbre colgando del brazo.
—¡Oh, Dios mío! ¡Señora Dean! —exclamó—. ¡Vaya!, se habla de usted en Gimmerton. Siempre creí que se había hundido en la ciénaga del Caballo Negro y la señorita con usted, hasta que el amo me dijo que las había encontrado y que las había alojado aquí. ¡Qué raro! Debieron ustedes de dar con una isla, seguro. ¿Y cuánto tiempo estuvieron en el agujero? ¿Les salvó el amo, señora Dean? Pero no está muy delgada… no ha estado tan mal, ¿verdad?
—¡Su amo es un verdadero canalla! —respondí—. Tendrá que responder de esto. No necesitaba haber inventado ese cuento. ¡Todo se sabrá!