Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Llegué a la Granja antes de ponerse el sol y llamé a la puerta, pero la familia se habÃa retirado a la parte de atrás, a juzgar por la espiral, delgada y azul, que salÃa enroscándose de la chimenea de la cocina, y no me oyeron. Entré a caballo hasta el patio. Bajo el pórtico, una niña de nueve o diez años estaba sentada haciendo punto y una vieja reclinada en los peldaños, fumaba, pensativa, una pipa.
—¿Está en casa la señora Dean? —pregunté a la mujer.
—¿La señora Dean? ¡No! —respondió—. No vive aquÃ. Está en las Cumbres.
—¿Entonces es usted el ama de llaves? —continué.
—SÃ, guardo la casa —respondió.
—Bien, soy el señor Lockwood. El amo. Me pregunto si hay alguna habitación para alojarme. Quiero pasar la noche aquÃ.
—¡El amo! —exclamó sorprendida—. ¿Quién iba a saber que iba a venir? DebÃa haber avisado. No hay ninguna seca y limpia en la casa. ¡Ninguna!