Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —He descubierto, Hareton, que quiero… que me alegro… que me gustarÃa que fueras mi primo ahora, si no estuvieras tan enfadado conmigo y no fueras tan rudo.
El chico no respondió.
—¡Hareton, Hareton, Hareton! ¿Me oyes? —continuó ella.
—¡Fuera de aquÃ! —gruñó él, con inflexible brusquedad.
—Dame esa pipa —dijo ella, alargando cautelosamente la mano y quitándosela de la boca.
Antes de que él intentara recuperarla ya estaba rota y en el fuego. Le soltó unas palabrotas y cogió otra.
—¡Basta! —gritó ella—, primero tienes que escucharme y no puedo hablar con esas nubes flotándome en la cara.
—¿Quieres irte al diablo —exclamó con ferocidad— y dejarme en paz?
—No —insistió ella—, no quiero. No sé qué hacer para que hables conmigo y tú estás decidido a no entender. Cuando te llamo estúpido, no quiero decir nada. No significa que te desprecie. ¡Anda, hazme caso, Hareton! Eres mi primo y tienes que aceptarme.
—¡No quiero tener nada que ver contigo, ni con tu asqueroso orgullo, ni con tus malditas burlas! —respondió él—. Antes me iré al infierno en cuerpo y alma que volver a mirarte. ¡Lárgate de aquà ahora, ahora mismo!