Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Se volvió bruscamente hacia el fuego y continuó con lo que, a falta de una palabra mejor, llamaré sonrisa:
—¡Te contaré lo que hice ayer! Mandé al sepulturero que estaba cavando la fosa de Edgar, que quitara la tierra del ataúd de ella, y lo abrÃ. Pensé por un momento que me quedarÃa allÃ, cuando volvà a ver su rostro —¡es el suyo aún!— Le costó mucho trabajo hacer que me moviera, pero dijo que se alterarÃa si le daba el aire, asà que arranqué un lateral del ataúd y lo volvà a tapar, no el del lado de Edgar, ¡maldito sea!, ése quisiera que estuviera soldado con plomo. Soborné al sepulturero para que quiten también el lado del mÃo cuando me entierren. Asà lo hará, y entonces, cuando Linton se acerque a nosotros, no sabrá quién es quién.
—Fue usted malvado, señor Heathcliff —exclamé—. ¿No le dio vergüenza perturbar a los muertos?
—No perturbé a nadie, Nelly, y me di un pequeño consuelo. Ahora estaré mucho más cómodo, y vosotros tendréis más posibilidades de mantenerme bajo tierra cuando esté allÃ. ¿Perturbarla? ¡No!, ella me ha perturbado a mà dÃa y noche, durante dieciocho años… sin cesar… despiadadamente… hasta anoche. Y anoche quedé tranquilo. Soñé que dormÃa mi último sueño junto a esa durmiente, con el corazón parado y la mejilla helada contra la suya.