Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas El señor Heathcliff, que cada día era más insociable, casi había desterrado a Earnshaw de su habitación. Debido a un accidente a principios de marzo se convirtió durante unos días en un elemento permanente de la cocina. Se le reventó la escopeta cuando andaba solo por las colinas, una astilla le hizo un corte en un brazo y perdió mucha sangre antes de llegar a casa. La consecuencia fue que, por fuerza, se vio condenado a permanecer tranquilamente junto al fuego hasta que se repuso. A Catherine le venía bien tenerle allí. En todo caso le hizo odiar más que nunca su habitación de arriba y me forzaba a encontrar alguna tarea que hacer abajo de forma que ella pudiera acompañarme.
El lunes de Pascua, Joseph se fue a la feria de Gimmerton con ganado y, por la tarde, yo estaba ocupada repasando la ropa blanca en la cocina. Earnshaw estaba sentado, taciturno como de costumbre, en el rincón de la chimenea y mi señorita mataba el tiempo haciendo dibujos en los cristales de la ventana, alternando su diversión con ahogados brotes de melodías, murmurando exclamaciones y echando rápidas miradas de enojo e impaciencia en dirección a su primo, quien, tenazmente, fumaba y contemplaba el fuego. Al indicarle que ya no podía seguir trabajando si me quitaba la luz, se trasladó al hogar. Presté poca atención a sus procedimientos, pero al rato oí que empezaba: