Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Bueno, lo pondré aquà —dijo—, en el cajón de la mesa, y me voy a la cama.
Luego me susurró que vigilara si lo tocaba, y se marchó. Pero él ni se acercó, y asà se lo dije a la mañana siguiente, para gran desilusión por su parte. Vi que le dolÃa la perseverante taciturnidad e indolencia de Hareton. Le remordÃa la conciencia por haberle espantado su interés en mejorar. Lo habÃa hecho eficazmente. Pero estaba aplicando su ingenio en reparar el daño. Mientras yo planchaba o me ocupaba de otros quehaceres sedentarios que no podÃa hacer bien en la salita, traÃa algún libro ameno y me lo leÃa en voz alta. Cuando Hareton estaba allÃ, generalmente se detenÃa en lo más interesante y dejaba el libro por allÃ. Lo hizo repetidas veces, pero él era tan terco como una mula y en lugar de morder el anzuelo, con tiempo de lluvia se dedicaba a fumar con Joseph y permanecÃan como autómatas, sentados uno a cada lado del fuego, el viejo afortunadamente demasiado sordo para oÃr las malvadas tonterÃas, como él las hubiera llamado, y el joven haciendo lo posible por aparentar que no le interesaba. Las tardes que hacÃa buen tiempo, Hareton las dedicaba a sus expediciones de caza y Catherine bostezaba, suspiraba y me importunaba para que le hablara y, en cuanto empezaba, salÃa corriendo al patio o al jardÃn y, como último recurso, lloraba y decÃa que estaba cansada de vivir, que su vida era inútil.