Cumbres Borrascosas

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—Es como un perro, ¿verdad, Ellen? —observó una vez—, o como un caballo de tiro. Hace su trabajo, toma su comida y duerme… ¡eternamente! ¡Qué espíritu más vacío y triste debe de tener! ¿Sueñas alguna vez, Hareton? Y, si lo haces, ¿en qué sueñas? Pero ¡no puedes ni hablar conmigo!

Después ella lo miró, pero él ni abrió la boca, ni volvió a mirar.

—Quizá esté soñando ahora —continuó—. Encoge los hombros igual que Juno los suyos. Pregúntale, Ellen.

—El señor Hareton pedirá al amo que la mande a usted arriba, si no se comporta —dije yo—. No sólo ha encogido los hombros, sino que ha cerrado los puños, como si estuviera tentado a emplearlos.

—Sé por qué Hareton no habla nunca cuando estoy en la cocina —exclamó en otra ocasión—. Tiene miedo de que me ría de él. ¿Ellen, qué piensas tú? Una vez empezó a aprender a leer solo, y porque me reí, quemó los libros y lo dejó. ¿No fue un tonto?

—¿No fue usted mala? —pregunté yo—. Respóndame.

—Quizá sí —continuó—, pero no esperaba que fuera tan tonto. Hareton, si te diera un libro, ¿lo cogerías ahora? ¡Lo intentaré!

Le puso en la mano uno que ella había estado leyendo. Él lo tiró y refunfuñó que si no le dejaba en paz le retorcería el cuello.


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