Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Me mandaron presentarme en Cumbres Borrascosas a los quince dÃas de que se fuera usted —contó—. Obedecà encantada por amor a Catherine. Mi primera charla con ella me apenó y disgustó. HabÃa cambiado mucho desde que nos separamos. El señor Heathcliff no me explicó las razones de su nueva decisión para que viniera aquÃ. Sólo me dijo que me necesitaba y que estaba cansado de ver a Catherine. DebÃa convertir la salita en mi sala de estar y retenerla a ella conmigo. Ya tenÃa bastante con verse obligado a verla una o dos veces al dÃa. Ella pareció contenta con ese arreglo. Gradualmente fui llevando a hurtadillas gran número de libros y otros artÃculos que habÃan contribuido a su diversión en la Granja y me hacÃa ilusiones de que vivirÃamos con bastante comodidad. Las ilusiones duraron poco. Catherine, contenta al principio, en muy poco tiempo se volvió irritable e inquieta. Por una parte, tenÃa prohibido salir al jardÃn y le irritaba mucho verse confinada en aquellos estrechos lÃmites a medida que avanzaba la primavera; por otra, para atender la casa yo tenÃa que dejarla con frecuencia, y se quejaba de soledad. PreferÃa pelear con Joseph en la cocina a estar en paz sola. No me importaban sus escaramuzas, pero Hareton se veÃa obligado a buscar también la cocina cuando el amo querÃa la sala para él solo. Y aunque al principio ella, o bien se marchaba cuando él se acercaba, o bien tranquilamente se me unÃa en mis quehaceres y evitaba hacerle observaciones o dirigirle la palabra y, a pesar de que él siempre estaba lo más taciturno y silencioso posible, transcurrido poco tiempo ella cambió su conducta y era incapaz de dejarle tranquilo. Le hablaba, le hacÃa comentarios sobre su estupidez y ociosidad, le expresaba su extrañeza de cómo podÃa soportar la vida que llevaba… cómo podÃa pasar toda una tarde sentado mirando al fuego y dormitando.