Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —No le obedecerá más, malvado —dijo Catherine—, y pronto le detestará tanto como yo.
—¡Calla, calla! —murmuró el joven en tono de reproche—. No quiero que le hables asÃ. Basta.
—¿No le dejaras que me pegue? —gritó ella.
—Vamos, entonces —le susurró con impaciencia.
Era demasiado tarde. Heathcliff la habÃa cogido.
—¡Ahora tú vete! —le dijo a Earnshaw—. ¡Maldita bruja! Esta vez me ha provocado cuando no podÃa aguantarlo. ¡Haré que se arrepienta para siempre!
La tenÃa cogida por el pelo. Hareton intentó liberar los rizos, pidiéndole que no le hiciera daño por esa vez. Sus ojos negros llameaban. ParecÃa dispuesto a despedazar a Catherine y a mà me tenÃa tan fuera de quicio como para arriesgarme a ir en su ayuda, cuando de repente sus dedos se relajaron. Cambió su garra de la cabeza al brazo y la miró fijamente a la cara. Luego se llevó la mano a los ojos, se quedó quieto un momento para reponerse al parecer y, volviéndose de nuevo a Catherine, dijo con pretendida calma: