Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas »Bueno, señora Dean —continuó Zillah, viendo que no me agradaba su actuación—, puede que usted piense que su señorita es demasiado fina para el señor Hareton, y puede que tenga razón, pero confieso que me gustarÃa mucho bajarle un poco los humos. Y ¿de qué le servirán ahora todos sus conocimientos y su elegancia? Es tan pobre como usted o como yo. Más pobre, estoy segura. Usted hace sus ahorros y yo hago lo poco que puedo en esa dirección. Hareton permitió a Zillah que le ayudara y ella le halagó hasta ponerle de buen humor, asà que cuando Catherine bajó, medio olvidando sus antiguos insultos, trató de hacerse agradable, según el relato del ama de llaves.
»La señorita entró —dijo Zillah—, frÃa como un carámbano y altiva como una princesa. Me levanté y le ofrecà mi asiento en el sillón. No volvió la cara a mi cortesÃa. Earnshaw se levantó también y le dijo que fuera al escaño a sentarse junto al fuego, seguro que estaba muerta de frÃo.
»—He estado muerta de frÃo más de un mes —respondió recalcando las palabras con todo el desdén que pudo.