Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas »Joseph y yo generalmente vamos a la capilla los domingos. La iglesia, ya sabe, no tiene sacerdote ahora —explicó a la señora Dean—, y en Gimmerton llaman capilla al lugar de reunión de metodistas o baptistas (no sé cuál de los dos). Joseph se habÃa ido —continuó Zillah—, pero yo creà conveniente quedarme en casa. Los jóvenes están siempre mejor bajo la supervisión de una persona mayor y Hareton, con toda su timidez, no es un modelo de buenas maneras. Le hice saber que era muy probable que su prima se sentara con nosotros y estaba acostumbraba de siempre a ver guardar el domingo, asà que serÃa mejor que dejara a un lado sus escopetas y pequeños quehaceres de casa, mientras ella estuviera allÃ. Se sonrojó ante la noticia y se miró las manos y la ropa. El aceite y la pólvora desaparecieron de la vista en un minuto. Comprendà que querÃa hacerle compañÃa a su prima y, por su manera de comportarse, supuse que querÃa estar presentable, asà que, riendo, como no me atreverÃa a reÃr cuando el amo está por allÃ, me ofrecà a ayudarle, si querÃa, y bromeé con su confusión. Se volvió hosco y empezó a soltar palabrotas.