Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Hareton miró al plato y no repitió la confesión. El señor Heathcliff lo miró un momento y luego en silencio volvió a su desayuno y a sus interrumpidas cavilaciones. Casi habíamos terminado y los dos jóvenes prudentemente se habían separado más, así que supuse que no iba a haber más disturbios en aquella ocasión, cuando apareció Joseph en la puerta, revelando por los labios temblorosos y la mirada furiosa, que el ultraje cometido en sus preciosos arbustos había sido descubierto. Debió de haber visto a Cathy y a su primo por el sitio antes de examinarlo, pues mientras sus mandíbulas se movían como las de una vaca rumiando, lo que hacía muy difícil entender sus palabras, empezó:
—¡Tendré que cobrar mi salario y marcharme! Deseaba morirme donde había servido durante sesenta años. Había pensado llevar mis libros a la buhardilla y todas mis cosas, para dejarles a ellos la cocina y quedarme yo tranquilo. ¡Hubiera sido duro dejar mi sitio en el hogar, pero pensé que podía hacerlo! Pero ahora ella me quita el jardín, y eso, por mi vida, amo, ¡no puedo soportarlo! Dóblese usted bajo el yugo si quiere… yo no estoy acostumbrado y un viejo no se acostumbra fácilmente a nuevas cargas. ¡Antes prefiero ganarme el pan con un pico por los caminos!
—¡Bueno, bueno, idiota! —interrumpió Heathcliff—. ¡Abrevia! ¿De qué te quejas? No voy a entrometerme en las peleas entre tú y Nelly. Te puede tirar a la carbonera por lo que me importa.