Cumbres Borrascosas

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CAPÍTULO IV

¡Qué veletas locas somos! Yo, que había decidido mantenerme apartado de todo trato social, y que daba gracias a mi buena estrella porque al fin había dado con un lugar casi inaccesible, yo, pobre diablo, después de luchar hasta el atardecer contra el aburrimiento P Y la soledad, me vi obligado a arriar bandera y, con el pretexto de conseguir información sobre las necesidades de mi posición, le pedí a la señora Dean, cuando me trajo la cena, que se quedara conmigo mientras comía, con la sincera esperanza de que resultara ser una buena chismosa y que, o bien me animara, o bien me adormeciera con su charla.

—Usted ha vivido aquí bastante tiempo —empecé—. ¿No dijo que dieciséis años?

—Dieciocho, señor. Vine a servir a la señora cuando se casó. Una vez muerta, el señor me retuvo como ama de llaves.

—Ah, bien.




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