Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas »—¿Qué podÃa hacer yo? —empezó Earnshaw—. ¿De qué tengo yo la culpa?
»—Oh, tú eres una excepción —respondió la señora Heathcliff—. Nunca eché de menos un interés como el tuyo.
»—Pero me ofrecà más de una vez y pregunté —dijo, enardeciéndose ante su impertinencia—, y le pedà al señor Heathcliff que me dejara estar en vela en su lugar.
»—¡Cállate! ¡Saldré de casa o iré a cualquier parte, antes que tener tu desagradable voz en mis oÃdos! —dijo mi señora.
»Hareton murmuró que por él podÃa irse al infierno y, descolgando su escopeta, no se privó por más tiempo de sus ocupaciones dominicales. Él hablaba ya con toda soltura, y ella pronto consideró conveniente retirarse a su soledad, pero las heladas habÃan comenzado y, a pesar de su orgullo, se ha visto forzada a condescender con nuestra compañÃa cada vez más. Pero he tenido cuidado de que no vuelva a despreciar mis buenas intenciones. Desde entonces he estado tan tiesa como ella. No hay nadie que la quiera ni a quien caiga bien entre nosotros, y no se lo merece porque a la menor palabra que le dicen replica sin respeto a nadie. Contesta al mismo amo, hasta tal punto que hace que le pegue y, cuanto más daño le hace, más venenosa se pone.