Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas 1802
El pasado septiembre un amigo me invitó a arrasar sus tierras de caza en el norte y, de camino hacia su residencia, me encontré, inesperadamente, a menos de quince millas de Gimmerton. El mozo de cuadra, de un mesón junto a la carretera llevaba un cubo de agua para refrescar mis caballos, cuando pasó un carro con avena muy verde, recién segada, y observó:
—¡Ése es de Gimmerton, claro! Siempre siegan tres semanas después que los demás.
—¿Gimmerton? —repetí… mi residencia en aquel lugar se me había vuelto ya confusa y como un sueño—. ¡Ah, lo conozco! ¿A qué distancia está de aquí?
—Unas catorce millas por las colinas, y mal camino —respondió.
Un repentino impulso de visitar la Granja de los Tordos se apoderó de mí. Apenas era mediodía y me imaginé que lo mismo podía pasar la noche bajo mi propio techo que en una posada. Además podía fácilmente dedicar un día a arreglar asuntos con mi propietario y así ahorrarme la molestia de venir de nuevo a la vecindad. Después de descansar un rato, indiqué a mi criado que preguntara el camino del pueblo y, con gran fatiga para nuestros caballos, salvamos la distancia en unas tres horas.