Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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Le dejé allí y seguí valle abajo solo. La iglesia gris parecía más gris y el solitario cementerio más solitario. Divisé una oveja pastando la corta hierba sobre las tumbas. El tiempo era suave, cálido… demasiado cálido para viajar, pero el calor no me impedía disfrutar del delicioso paisaje que se extendía por encima y por abajo. Si lo hubiera visto en una época más próxima a agosto, estoy seguro que me hubiera tentado a desperdiciar un mes entre sus soledades. En invierno nada más triste, en verano nada más divino que esos valles cerrados por colinas y esas escarpadas, audaces crestas de brezo.

Llegué a la Granja antes de ponerse el sol y llamé a la puerta, pero la familia se había retirado a la parte de atrás, a juzgar por la espiral, delgada y azul, que salía enroscándose de la chimenea de la cocina, y no me oyeron. Entré a caballo hasta el patio. Bajo el pórtico, una niña de nueve o diez años estaba sentada haciendo punto y una vieja reclinada en los peldaños, fumaba, pensativa, una pipa.

—¿Está en casa la señora Dean? —pregunté a la mujer.

—¿La señora Dean? ¡No! —respondió—. No vive aquí. Está en las Cumbres.

—¿Entonces es usted el ama de llaves? —continué.

—Sí, guardo la casa —respondió.


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