Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Bien, soy el señor Lockwood. El amo. Me pregunto si hay alguna habitación para alojarme. Quiero pasar la noche aquÃ.
—¡El amo! —exclamó sorprendida—. ¿Quién iba a saber que iba a venir? DebÃa haber avisado. No hay ninguna seca y limpia en la casa. ¡Ninguna!
Se quitó la pipa y entró apresuradamente, la niña la siguió, y yo también entré. Al poco rato, viendo que su informe era cierto y, además, que la habÃa sacado de quicio con mi intempestiva aparición, le dije que se tranquilizara. SaldrÃa a dar un paseo y, mientras tanto, debÃa preparar un rincón de alguna salita para cenar y una alcoba donde dormir. Nada de barrer ni de quitar el polvo, sólo necesitaba un buen fuego y sábanas secas. ParecÃa dispuesta a hacerlo lo mejor posible, aunque metió por error la escobilla de la chimenea en el hogar en lugar del atizador y equivocó el uso de otros utensilios de su oficio. Pero me marche confiando en su energÃa para tener un lugar de descanso a mi vuelta.
Cumbres Borrascosas era el objetivo de mi proyectada excursión. Una segunda idea me hizo volver cuando ya habÃa salido del patio.
—¿Todo bien en las Cumbres? —pregunté a la mujer.
—SÃ, que sepamos —respondió, desapareciendo con un perol de cenizas calientes.