Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¿Entonces no quieres ser mi amigo? —dijo ella con una sonrisa más dulce que la miel y acercándosele más.
No oà bien el resto de la conversación, pero, al mirar allá de nuevo, vi dos caras tan radiantes inclinadas sobre la página del libro aceptado, que no dudé de que el acuerdo habÃa sido ratificado por ambas partes y que los enemigos eran fieles aliados a partir de entonces.
La obra que estudiaban estaba llena de preciosos grabados, y éstos, asà como el estar juntos, tenÃan el suficiente encanto para mantenerlos inmóviles hasta que Joseph llegó a casa. El pobre hombre quedó del todo horrorizado ante el espectáculo de Catherine sentada en el mismo banco que Hareton Earnshaw, con la mano apoyada en su hombro, y desconcertado al ver que su favorito toleraba tal proximidad. Le afectó demasiado profundamente como para permitirle observación alguna sobre el asunto aquella noche. Su emoción sólo se manifestó por medio de los inmensos suspiros que exhaló cuando puso solemnemente su enorme Biblia sobre la mesa y la cubrió con sucios billetes sacados de su cartera, producto de las transacciones del dÃa. Por fin mandó a Hareton que se acercara.