Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Lleva esto al amo, muchacho —dijo—, y quédate allÃ. Yo voy a subir a mi habitación. Esta madriguera no es conveniente ni decente para nosotros, tenemos que irnos y buscar otra.
—Vamos, Catherine —dije yo—, nosotras también tenemos que irnos. He terminado de planchar. ¿Está lista para marcharse?
—¡No son las ocho! —respondió, levantándose de mala gana—. Hareton, dejaré este libro sobre la chimenea y mañana traeré alguno más.
—Los libros que deje los llevaré a la sala —dijo Joseph—, y será milagroso que los encuentre de nuevo, asà que haga lo que le parezca.
Cathy le amenazó con que su biblioteca pagarÃa por la de ella y, sonriendo según pasaba junto a Hareton, subió cantando, con el corazón más alegre, me aventurarÃa a decir, que habÃa tenido jamás bajo ese techo, excepto, quizá, durante sus primeras visitas a Linton.
La intimidad, asà comenzada, creció rápidamente, aunque tropezó con interrupciones temporales. Earnshaw no se iba a civilizar con un deseo y mi señorita no era ningún filósofo, ni dechado de paciencia. Pero como las mentes de ambos tendÃan a un mismo objetivo… el uno amando y deseando apreciar el otro amando y deseando ser apreciado… al final se las arreglaron para alcanzarlo.