Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Al día siguiente de ese lunes, puesto que Earnshaw seguía incapacitado para sus quehaceres habituales y, por tanto, permanecía en casa, rápidamente comprendí que sería imposible retener a mi pupila a mi lado como hasta entonces. Bajó antes que yo y salió al jardín, donde había visto a su primo haciendo algún trabajo ligero. Cuando fui a decirles que vinieran a desayunar, vi que le había convencido para que despejara de arbustos de grosella un gran espacio de terreno y estaban ocupados planeando juntos una importación de plantas de la Granja.
Me quedé aterrorizada ante la devastación que habían conseguido en sólo media hora. Aquellos arbustos de grosella negra eran la niña de los ojos de Joseph, y a ella se le había antojado precisamente plantar un macizo de flores, justo en medio.
—¡Vaya! Se lo enseñará al amo en cuanto lo descubra —exclamé—. Y ¿qué excusa van a ofrecer por haberse tomado tales libertades en el jardín? ¡Buena tormenta vamos a tener por esto, ya verán! ¡Señor Hareton, me extraña que tenga tan poco juicio como para ir y armar ese desastre porque ella se lo pida!
—Se me había olvidado que eran de Joseph —respondió el chico, bastante confuso—, pero le diré que lo hice yo.
