Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Siempre comÃamos con el señor Heathcliff. Yo ocupaba el puesto de señora de la casa para hacer el té y trinchar, asà que era indispensable en la mesa. Catherine se sentaba por lo general a mi lado, pero ese dÃa se escabulló más cerca de Hareton. Pronto comprendà que no tendrÃa más discreción en su amistad de la que habÃa tenido cuando eran enemigos.
—Bueno, cuidado con hablar o mirar demasiado a su primo —fueron las instrucciones que le susurré al entrar en la habitación—. Seguro que enojarÃa al señor Heathcliff y se enfurecerÃa con los dos.
—No voy a hacerlo —respondió.
Un minuto después se habÃa acercado sigilosamente a él y estaba pegando prÃmulas en su plato de gachas de avena. Él no se atrevÃa a hablar con ella allÃ. Apenas se atrevÃa a mirar, pero ella siguió haciéndole bromas, hasta que por dos veces estuvo él a punto de echarse a reÃr. Yo fruncà el ceño y entonces ella miró hacia el amo, cuya mente estaba ocupada en otros temas distintos de las personas que le acompañaban, como se podÃa ver en su rostro. Se puso reflexiva un momento, observándole con profunda seriedad. Después se volvió y empezó otra vez con sus tonterÃas. Al fin Hareton soltó una risa sofocada. El señor Heathcliff se sobresaltó. Con una rápida mirada examinó nuestros rostros. Catherine se la sostuvo con su aire acostumbrado de nerviosismo pero de reto, que él aborrecÃa.