Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Tienes suerte de estar fuera de mi alcance —exclamó—. ¿Qué demonio te posee para que me devuelvas la mirada continuamente con esos ojos infernales? ¡Bájalos! Y no me recuerdes más tu existencia. Creà que te habÃa curado de reÃrte.
—Fui yo —murmuró Hareton.
—¿Qué dices? —preguntó el amo.
Hareton miró al plato y no repitió la confesión. El señor Heathcliff lo miró un momento y luego en silencio volvió a su desayuno y a sus interrumpidas cavilaciones. Casi habÃamos terminado y los dos jóvenes prudentemente se habÃan separado más, asà que supuse que no iba a haber más disturbios en aquella ocasión, cuando apareció Joseph en la puerta, revelando por los labios temblorosos y la mirada furiosa, que el ultraje cometido en sus preciosos arbustos habÃa sido descubierto. Debió de haber visto a Cathy y a su primo por el sitio antes de examinarlo, pues mientras sus mandÃbulas se movÃan como las de una vaca rumiando, lo que hacÃa muy difÃcil entender sus palabras, empezó: