Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¡Tendré que cobrar mi salario y marcharme! Deseaba morirme donde habÃa servido durante sesenta años. HabÃa pensado llevar mis libros a la buhardilla y todas mis cosas, para dejarles a ellos la cocina y quedarme yo tranquilo. ¡Hubiera sido duro dejar mi sitio en el hogar, pero pensé que podÃa hacerlo! Pero ahora ella me quita el jardÃn, y eso, por mi vida, amo, ¡no puedo soportarlo! Dóblese usted bajo el yugo si quiere… yo no estoy acostumbrado y un viejo no se acostumbra fácilmente a nuevas cargas. ¡Antes prefiero ganarme el pan con un pico por los caminos!
—¡Bueno, bueno, idiota! —interrumpió Heathcliff—. ¡Abrevia! ¿De qué te quejas? No voy a entrometerme en las peleas entre tú y Nelly. Te puede tirar a la carbonera por lo que me importa.
—No es Nelly —respondió Joseph—. No me irÃa por Nelly… con todo lo mala que es. ¡Gracias a Dios no puede ensuciar el alma de nadie! Nunca fue tan guapa como para que fuera peligroso mirarla. Es esa horrible y grosera joven la que ha embrujado a nuestro chico con sus atrevidos ojos y maneras descaradas. ¡Más aún! ¡Se me parte el corazón! Ha olvidado todo lo que he hecho por él y he hecho de él, y ha arrancado toda una hilera de los mejores arbustos de grosella del jardÃn.
Y aquà se extendió en sus lamentos, abrumado por el sentimiento de sus amargas ofensas, y por la ingratitud de Earnshaw y su situación de peligro.