Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¿Está borracho el tonto? —preguntó el señor Heathcliff—. Hareton, ¿eres tú a quien acusa?
—He arrancado dos o tres arbustos —respondió el joven—, pero los volveré a plantar.
—¿Y por qué los has arrancado? —dijo el amo.
Catherine metió imprudentemente la lengua.
—QuerÃamos plantar algunas flores allà —exclamó—. Soy la única culpable, porque quise que lo hiciera.
—¿Y quién diablos te dio permiso para que tocaras ni un palo de ese lugar? —preguntó su suegro muy sorprendido—. ¿Y quién te mandó a ti obedecerla? —añadió, volviéndose a Hareton.
Este último estaba mudo. Su prima replicó:
—¡No deberÃa regatearme unas pocas yardas de tierra para adorno, cuando me ha quitado todas mis tierras!
—¿Tus tierras, insolente desgraciada? Nunca tuviste ninguna —dijo Heathcliff.
—Y mi dinero —continuó ella, devolviéndole su colérica mirada mientras mordÃa una corteza de pan, el resto de su desayuno.
—¡Silencio! —exclamó—. ¡Acaba y lárgate!
—Y las tierras de Hareton y su dinero —prosiguió la osada criatura—. Hareton y yo somos amigos ahora, ¡y le contaré todo sobre usted!