Cumbres Borrascosas

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—Es la del cuco[21], señor. La sé toda, excepto dónde nació, quiénes eran sus padres y de dónde sacó su primer dinero. ¡Y Hareton ha sido arrojado como un gorrión implume! El pobre chico es el único en toda la parroquia que no se da cuenta de hasta qué punto le han estafado.

—Bueno, señora Dean, haría una obra de caridad si me contara algo de mis vecinos. Tengo la sensación de que no dormiré si me voy a la cama, así que sea buena y quédese a charlar una hora.

—¡Oh, pues claro, señor! Iré a buscar un poco de costura, y luego me quedo el tiempo que usted quiera. Pero ha cogido un resfriado, le he visto tiritar. Tiene que tomar un poco de caldo para curarlo.

La buena mujer salió apresuradamente y yo me acurruqué más cerca del fuego. Tenía la cabeza ardiendo y el resto del cuerpo helado. Además por culpa de los nervios y de la cabeza estaba excitado hasta el extremo del desvarío. Esto me hacía sentirme no incómodo, sino más bien temeroso (todavía lo estoy) de las graves consecuencias que los incidentes de ayer y de hoy pudieran tener. Volvió al poco rato con un tazón humeante y una cesta de costura y, después de colocar el primero en la repisa de la chimenea, acercó su asiento, visiblemente satisfecha de encontrarme tan sociable.


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