Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —Antes de que yo viniera a vivir aquà —comenzó su historia sin esperar más invitación—, estaba casi siempre en Cumbres Borrascosas, porque mi madre habÃa criado al señor Hindley Earnshaw, el padre de Hareton, y yo acostumbraba a jugar con los niños. También hacÃa recados, ayudaba a recoger el heno, y andaba por la granja dispuesta a hacer lo que me mandaran. Una hermosa mañana de verano —recuerdo que era al principio de la siega—, el señor Earnshaw, mi viejo amo, bajó vestido de viaje y, después de decirle a Joseph lo que habÃa que hacer durante el dÃa, se volvió a Hindley, a Cathy y a mà —pues yo estaba tomando mis gachas de avena con ellos—, y le habló asà a su hijo:
—Bueno, mi querido jovencito, hoy me voy a Liverpool, ¿qué quieres que te traiga? Puedes escoger lo que quieras, sólo que sea pequeño, porque voy a ir y volver a pie: sesenta millas de ida y otras tantas de vuelta, ¡es un buen trecho!
Hindley pidió un violÃn, luego se dirigió a Cathy, que apenas tenÃa seis años, pero ya podÃa montar cualquier caballo del establo, y pidió un látigo. No se olvidó de mÃ, pues tenÃa buen corazón, aunque a veces era un poco severo. Me prometió traerme un saquito lleno de manzanas y peras, luego dio a los niños un beso de despedida, y se marchó.